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miércoles, 30 de marzo de 2011

Conversar para aprender

Siempre me ha interesado conocer bien lo que la ciencia indica y demuestra; especialmente cuando veo que puedo aplicarlo en el aula. Por eso cuando oigo ideas como: "una persona aprende como siempre ha aprendido: leyendo, hincando codos, resolviendo problemas,... pero siempre solo"; busco si existen de verdad fundamentos de esa idea.

Es verdad que yo mismo estudié muchas horas solo; pero también es cierto que pertenecí a grupos de estudiantes (amigos-as) que compartimos dudas, problemas, reflexiones,... Actualmente utilizo de manera habitual foros, debates en twitter y diversas plataformas en red con las que no puedo negar que aprendo. ¿Realmente se aprende solo?

Curiosamente encontré lo que la ciencia sabe acerca del cerebro y puedo quedarme tranquilo.




Si al tener que conversar, explicar a un compañero-a mis ideas, debatir,... activo más áreas cerebrales que simplemente leyendo o escuchando; no me cabe mucha duda, ¡¡al conversar aprendo más incluso que al leer o escuchar!!

Ahora me pregunto, si de verdad quiero que mi alumnado aprenda, ¿les dejo hablar en clase? ¿conversan? ¿surgen debates?... Como ya indiqué en otra entrada anterior: Dejemos hablar a nuestro alumnado para que aprendan y debatamos con ellos para que nosotros-as aprendamos.

¿Cuándo fue la última vez que hubo un debate en tu clase?

jueves, 12 de agosto de 2010

Poto y Cabengo

Las hermanas gemelas Grace y Virginia Kennedy nacieron en Georgia (EE.UU.) 1070 en una familia humilde. Ambos padres eran trabajadores y pasaban la mayor parte del tiempo fuera de casa. Por eso dejaron a las niñas al cuidado de su abuela, quien sólo hablaba alemán y atendió las necesidades físicas de las niñas, pero no jugaba ni interactuaba con ellas. Las gemelas no tenían contacto con otros niños y raramente salían a jugar fuera. El padre notó que las niñas usaban el inglés muy pobremente al tiempo que hablaban entre ellas con una jerigonza incomprensible. Así, pensó que padecían retraso mental y decidió no enviarlas a la escuela por no considerarlo adecuado.

Cuando perdió su último empleo, habló de su familia en la oficina de desempleo y fue ahí donde una trabajadora social le sugirió ponerlas en terapia de lenguaje. En el Hospital Infantil de San Diego, la terapeuta Alexa Kratze rápidamente descubrió que Grace y Virginia, lejos de ser retardadas tenían al menos una inteligencia normal y que habían inventado una lenguaje propio complejo, llamándose a sí mismas respectivamente Poto y Cabengo.

Extraído del film documental que se hizo en 1980

La explicación de los expertos de lenguaje y psiquiatras es que al no tener contacto con el idioma inglés, las niñas optaron por crear el suyo propio. Kratze apuntó que la falta de contacto y de interacción con su familia fue quizá mínima lo que contribuyó a que las gemelas tuvieran poco desarrollo, a pesar de haber nacido con una inteligencia normal.

Esta historia real me provoca diversas ideas como la importancia de la escuela como uno de los pilares fundamentales para lograr educar a las personas (sin olvidar que a un niño lo educa la tribu entera como indiqué anteriormente) o la necesidad humana de establecer una comunicación, como ya comenté en otra entrada. Pero ahora me gustaría incidir en la idea que también Pablo Pineda transmite en Cuadernos de Pedagogía (nº 398):

"Pensé que, por fin, alguien [Vygotsky] se daba cuenta de la importancia que tiene la sociedad. Cuando habla de la influencia del aprendizaje en el desarrollo, cuando habla de la influencia de lo cultural, descubrí que lo que sé no es sólo producto de lo que yo he aprendido, sino también de la interacción con los demás; que lo que soy es producto, más que de lo biológico, de mi entorno social; que he podido adquirir conocimientos gracias al lenguaje y a la ayuda de los demás."

Realmente pienso que en la formación de nuestra persona debemos más a las experiencias que hemos vivido, al ambiente que hemos tenido que a nuestra herencia genética, por eso mismo, al ser productos de toda la comunidad, también nos debemos a ella misma.

Eso se ha traducido en mis clases en el fomento de que los alumnos-as interactúen bastante entre sí. En variadas ocasiones surgen en clases momentos muy propicios que aprovecho para hacer una interrupción y romper la monotonía de algunas clases fomentando el diálogo entre ellos. Una de las prácticas que más me agradan es la de los debates cortos, de 5 a 15 minutos, que provoco ante algunas de las preguntas más interesantes que me han hecho: "¿Tiene una medusa estructura?", donde se llegó a hablar hasta de la evolución; "¿cómo se pesa un electrón?", distinguiendo entre el saber científico y otras formas de conocimiento; "¿por qué se paga el IVA?", que acabó explicando la diferencia entre los impuestos directos e indirectos en nuestra sociedad; o "¿de dónde viene la energía que utilizamos si ésta no se crea ni se destruye?", que acabó hablándose del sol, de los viajes espaciales y del avance de la tecnología.

Creo firmemente que estos debates ayudan a mi alumnado a mejorar su espíritu crítico, a escuchar, a razonar, a dar argumentos y entender otros puntos de vista, a ser en definitiva una persona tolerante y más preparada para la sociedad multicultural actual. Pero sobretodo esos debates son momentos donde tanto ellos-as como yo disfrutamos de compartir un momento. Tan importante en enseñarles como poder disfrutar con nuestro trabajo, ¡¡qué nunca lo olvidemos!!




martes, 28 de abril de 2009

¿Qué te pasa?

El otro día, dando clase a cierto grupo, encontré a un alumno alicaído y sin apenas entender la explicación. Escribía directamente en el cuaderno lo que yo redactaba en la pizarra pero sin llegar a pensarlas siquiera. Tras hacer la introducción del tema se pusieron en los equipos de trabajo que utilizamos y les di a cada uno las tareas que debían hacer ese día pudiendo ayudarse entre ellos pero sin hablar de equipo a equipo. Entonces ese alumno dejó directamente de escribir y ya sí me pareció preocupante su actitud.

Fotografía cortesía Pixland


A veces creo que no hay mejor pregunta que hacerle a un alumno-a que no está trabajando que la del título de esta entrada: "¿Qué te pasa?" Cuando me acerqué y se la hice me contestó su compañera de equipo: "Es que el de ética le ha dicho que ya tiene muchos negativos y que no puede aprobar". Lo miré con cara de pena. Como ya he escrito antes acerca de la motivación y el uso de negativos no voy a repetirme. Pero sí quiero indicar cómo siguió la clase con ese alumno tan desmotivado.

Me gustaría hacer incidir en algo tan básico para nuestro trabajo y aún así tantas veces olvidado como es: conocer a nuestro alumnado. Ya lo expresaba Miguel Ángel Santos Guerra hablando de un pedagogo italiano "Para enseñar latín a John, más importante que conocer latín es conocer a John", en un artículo de La Opinión. También Teresa Huguet Comelles indica las ventajas de conocer al alumnado en su libro "Aprender juntos en el aula",

"Para los maestros trabajar y producir junto a sus alumnos de forma sistemática, significa que llegarán a conocerlos de una manera cercana y personal (...) en consecuencia podrán evaluar y ayudar a sus alumnos de una manera más eficiente." [pág. 134]

El otro día, aunque me encontraba ligeramente enfermo, le pedí a ese alumno que se levantara y hablé aparte con él, mientras el resto de equipos hacían sus actividades. Tras constatar que los negativos los tenía porque su hermano pequeño había perdido el cuaderno y decirle que se lo explicara al de ética, continué con mi idea motivadora. "Mira lo importante de verdad es que tú mismo vayas aprendiendo, tanto en ética como en tecnología como en cualquiera de las asignaturas. Piensa, ¿para qué quieres el carnet de conducir si realmente no sabes arrancar un coche? Y si aprendes bien a conducir, cuando quieras eres capaz de sacarte el carnet. Con las asignaturas es igual, si lo sabes bien tarde o temprano superas cualquier asignatura. Preocúpate ahora de aprender bien lo que tienes que saber de las asignaturas y déjanos a los maestros el poner las notas." Como ya dije anteriormente, él debe percibir que puede hacer algo para aprobar, sino abandonaría la asignatura.

Entonces el alumno me dio las gracias. Volvió a su mesa y estuvo trabajando con su equipo bastante bien. Todo el tiempo estuve pensando acerca de él y lo que había pasado: yo estaba cansado por estar ligeramente enfermo, no tenía ganas de que me contara por qué tenía tantos negativos, aunque yo no los utilice como ya he explicado, creo adecuado que otros compañeros-as sí lo hagan (en definitiva es la mezcla y diversidad lo que enriquece), aún así me acerqué y me interesé por él. No le di soluciones ni fórmulas salvo seguir estudiando y resolver los problemas hablando. Simplemente hice lo que se conoce como escucha activa con él.

Dos días más tarde, una compañera me comentó que la alumna de ese curso que me había respondido indicaba que yo era muy buen profesor porque me preocupaba por ellos aunque no le afectara a mí mismo, y le contó mi intervención con su amigo.

Repito ahora esas palabras del pedagogo italiano: "Para enseñar latín a John, más importante que conocer latín es conocer a John". No sé si más importante es una cosa que otra pero, sin olvidar que debemos enseñarle latín, también creo que debemos conocer a John.

miércoles, 4 de marzo de 2009

La princesa y el príncipe

Con frecuencia he utilizado cuentos o historias para ir llenando de contenidos interesantes algunas horas "muertas" como guardias, días de excursión para algunos y otros se quedan en clase, días donde el tiempo hace que muchos falten,... Una de esas historias, que no recuerdo bien dónde la oí o leí por primera vez, la utilizo cuando en clase hay seis o siete alumnos-as que no tienen otra cosa que hacer. Intento sacar mis habilidades de cuenta cuentos y les propongo una historia:
Erase una vez una princesa que vivía encerrada en un castillo muy enamorada del príncipe. En cierta ocasión el príncipe, como todos los días, antes de salir a recorrer sus dominios besó a la princesa y le pidió que no saliera del castillo porque era muy celoso. La princesa siempre le obedecía y una vez que salía el príncipe por el puente del río que estaba lleno de cocodrilos, se metía en el castillo rodeado por dicho río. Pero ese día concreto, recordó que era el cumpleaños del príncipe, y quería hacer una tarta para darle una sorpresa. Desgraciadamente en la cocina no había harina, por lo que cogió algo de dinero y, bajando el puente levadizo, salió a comprar la harina en el molino. Allí el molinero le atendió muy amablemente y le dio toda su mejor harina, pero al volver un loco que se había escapado de un manicomio se encontraba en medio del puente con un palo amenazando con tirar al río a todo aquel que se atreviera a pasar.

La princesa se asustó y decidió bajar a la orilla del río para que el barquero le permitiera pasar a la otra orilla, puesto que no sabía nadar. Pero todo el dinero se lo había gastado en la harina y el barquero decía que en su negocio él no fiaba dinero a nadie.

La princesa decidió entonces devolver la harina al molinero y con el dinero pagar al barquero. Pero cuando se presentó en el molino, éste le dijo que si su harina estaba bien, él no podía devolver el dinero porque ya había dicho a otros clientes que no tenía la harina que le había vendido.

Viendo que el tiempo se le echaba encima y como no quería que el príncipe viera que le había desobedecido, no le quedó más remedio que arriesgarse a cruzar el puente. Al cruzar la princesa, el loco hizo un movimiento brusco que la cogió desprevenida y la tiró al río. Allí ella intentó nadar, pero la corriente se la llevó y se ahogó....

"Ahora quiero que penséis tres minutos... nadie debe hablar en esos tres minutos... luego todos podremos dar nuestra opinión... quiero que penséis ¿quién o quienes son, los responsables de la muerte de la princesa? ¿y razonad por qué?"


Esta historia la cuento añadiendo los matices y cambios que considero adecuado según el nivel del alumnado. Normalmente todos suelen prestar atención pero es después donde a mí me resulta más interesante. Pasados esos tres minutos con escrupuloso silencio, doy el turno de palabra para que uno de ellos exponga su opinión, "¿quién o quienes son para ti los responsables de la muerte de la princesa?", y luego le pido que me diga porqué. A continuación, y sin entrar en polémica, se lo pregunto a otro del grupo. Como no suele coincidir con la opinión anterior, a éste también le pregunto qué le ha parecido lo que ha dicho su compañero-a. Con un tercero también hago las mismas preguntas y voy dejando que entre ellos hablen, dialoguen, argumenten, razonen, comprendan puntos de vista de otros aumentando así la escucha activa y de ahí la empatía, que sepan esperar para hablar y ser escuchado (demora de la gratificación), que valoren las opiniones y razonamientos de otros,...

Intento no prejuzgar sus opiniones ni influir en sus puntos de vista para que sea con el debate, donde a veces participo procurando no ejercer una superioridad mal entendida, la manera de sacar a la luz la necesidad de cambiar algunos de sus planteamientos. Aunque la verdad es que a veces me cuesta muchísimo, pues he oído razonamientos como "la culpa es de la mujer, si el príncipe le dice que no saliera para qué sale", "el loco es el culpable porque él la mata", "el del manicomio es el culpable por dejar escapara al loco; sería mejor si a los locos se les matara", "es culpa del príncipe porque debería tener siempre harina en la cocina, para eso él es el que trabaja", "Todo el mundo es responsable porque el príncipe no debía trabajar y estar todo el día con la princesa", ...

Muchos de sus razonamientos los procuro encajar dentro de la teoría de la evolución moral de Kohlberg, así voy conociéndolos mejor; pero, como antes he dicho, lo principal es que ellos hablen y dialoguen, desde el respeto a todas las opiniones, respeto que yo también me he de esforzar, a veces, en mantener.

Al final, ellos siempre me preguntan: "¿cuál es la solución maestro?" y yo, con una sonrisa, les digo: "La tuya... y la tuya, y también la de ella, y la de aquél,... todos habéis respondido bien porque todos lo razonáis correctamente. Muchos problemas no tienen una única solución, sino varias, y es cuestión de gusto, trabajo o economía el elegir una u otra, pero todas son correctas."

domingo, 1 de febrero de 2009

Hablar en clase


Acabo de leer este artículo publicado en El País el 4 de octubre de 2000 donde Jorge Wagensberg hace varios comentarios de lo más interesantes.

Básicamente indica que nuestra mayor diferencia con los animales se da por nuestra capacidad de pensar y hablar. "La conversación fue y la conversación fue buena.(...) El habla afinó la mente y la mente sofisticó el habla. Comenzaba así la era del conocimiento abstracto, la era de la mente parlante."

Luego reflexiona acerca de las virtudes y defectos de la comunicación. Especialmente interesante me parecen sus palabras: "La mente conversa con una realidad: es la experimentación. Pensar y experimentar, dos formas de conversar. La ciencia es conversación." Ciertamente creo que mucho de la ciencia es comunicación, luego no dejo de estar de acuerdo con lo expresado.

Por otro lado aún más acertadas me parecen sus frases acerca del aprendizaje: "
Comprender y aprender quizá sean, en último término, actividades rigurosamente individuales. Pero siempre ocurren en el extremo de alguna forma de conversación. " Precisamente, en mis clases procuro que haya algunos momentos de comunicación; y no me refiero a que puedan hablar conmigo sino muy especialmente entre ellos mismos. Obviamente busco que ellos hablen de los temas que a mí me interesan; pero procuro no impedir que haya conversación. En otra entrada ya comentaré acerca de las estructuras de S. Kagan.

Por último acaba con una frase demoledora:

"Conversar es quizá el mejor entrenamiento que puede tener un ser humano para ser un ser humano… No recuerdo haber conversado mucho durante los veinte años que he pasado en las aulas."

¡Qué realidad más aplastante! Éstas son las ideas que llevan a plantearse la enseñanza de otra manera.